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miércoles, 22 de junio de 2011

ESCENA EN LA QUE LUCIFER SE REBELA CONTRA LAS HUESTES CELESTIALES DEL POEMA “EL PARAÍSO PERDIDO”:

ESCENA EN LA QUE LUCIFER SE REBELA CONTRA LAS HUESTES CELESTIALES DEL POEMA “EL PARAÍSO PERDIDO”:

“Esta es la escena que más me agrado del libro por su alto contenido de acción y actos heroicos, por lo que la comparto con todos aquellos que gusten leerla y espero se animen a leer el libro, para compartir sus puntos de vista respecto a este tan afable poema”

«Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora, porque su primitivo nombre no se oye en el cielo. Satán, uno de los primeros, si no el más distinguido de los arcángeles, grande por su poder, su favor y su dignidad, que envidioso del puesto a que el Padre Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo, proclamándole por Mesías y ungiéndolo por Rey, no podía reprimir su orgullo indignado de que así se le postergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su soberbia, no bien, mediada la noche, llegó la hora en que la oscuridad era mayor y en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó alejarse con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio a la supremacía de Dios, de cuyo culto y obediencia se separaba desde aquel momento; y despertando al que lo seguía en autoridad, llevolo aparte y le dijo así: «¿Tú también compañero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que pueda el sueño cerrar tus párpados? ¿No te acuerdas ya de lo que se decretó ayer, el decreto que hace tan poco pronunciaron los labios del señor del Cielo? Tú tienes por costumbre no ocultarme ninguno de tus pensamientos, como acostumbro yo a confiarte también los míos. Y si despiertos tu y yo somos uno mismo, ¿por qué el sueño ha de hacer que nos desunamos? Ves que se nos imponen nuevas leyes; dictadas éstas por un poder soberano, pueden producir en nosotros sus vasallos, nuevos propósitos, nuevos consejos para tratar de eventualidades que acaso sobrevendrán; pero no es conveniente discurrir aquí más sobre este punto. Congrega a los jefes de los millares de huestes que acaudillamos; diles que por superior mandato antes que la oscura noche haya retirado sus sombrías nubes, debo, juntamente con los que tremolan sus banderas bajo mis órdenes, encaminarme con apresurado vuelo a las regiones que poseemos en el norte, y disponer allí lo necesario para recibir dignamente a nuestro Rey, el gran Mesías, y ejecutar lo que tenga a bien mandarnos, porque en breve aparecerá triunfante, en medio de todas las jerarquías celestes, a las cuales impondrá sus leyes.

«Mientras el pérfido arcángel hablaba así, iba inspirando malignas prevenciones en el incauto ánimo de su compañero, que conforme le había prescrito, llamó a la vez, a unos tras otros, a los principales a quienes mandaba; indicoles que se le había ordenado trasladar a otro punto el gran pendón que los distinguía, antes de que la sombría noche abandonase el cielo; y para tomar el tiento a su lealtad, les insinuó el motivo de aquella marcha con ciertas vaguedades y reticencias, propias para agriar y torcer sus ánimos. Obedecieron todos, como lo tenían de costumbre, la señal y superior mandato de su gran adalid, que bien merecía el nombre de grande siendo tanta en el cielo su dignidad; seducíalos su esplendor, como seduce a los astros que lo siguen el de la estrella de la montaña, y la impostura de que se había valido arrastró en pos de sí a la tercera parte de las celestiales huestes.

«Entretanto los ojos del Eterno, cuya mirada penetra los más recónditos designios, descubrieron desde la cima del santo monte, alumbrado de noche por las lámparas de oro que arden en su presencia, pero, sin necesitar de luz, la rebelión que se preparaba; vieron cómo iba cundiendo entre aquellas lúcidas cohortes, y la resistencia que su innumerable muchedumbre se aprestaba a hacer a su voluntad suprema; y sonriendo, dirigió a su único Hijo estas palabras: «¡Hijo mío, en quien veo resplandecer la plenitud de mi gloria, heredero de mi omnipotencia! Pues se va a atentar contra ésta, impórtanos pensar cómo defenderla y con qué armas hemos de sostener el derecho que poseemos a la divinidad y al imperio de todo lo creado. Un enemigo se alza, que pretende erigir un trono igual al nuestro, allá en las vastas regiones del Septentrión; y no contento con esto, medita cómo aventurar al trance de una batalla nuestro poder y nuestro derecho. Preparémonos, pues, y en tan temeroso riesgo armémonos prontamente de cuantas fuerzas podamos disponer, empleándolas en defendernos, no sea que por desprevenidos caigamos de nuestra sublime altura de nuestro santuario de la cima de nuestro monte.

«A lo que con reposado, puro, inefable y sereno aspecto radiante de divinidad, respondió el Hijo: «Omnipotente Padre que con razón haces desprecio de tus enemigos, y que contemplándote seguro, te burlas de sus vanos intentos y de su inútil cuanto tumultuosa audacia, con esto acrecentarán mi gloria; su odio redundará en loor mío, cuando vean que el soberano poder que se me ha otorgado aniquila todo su orgullo, y experimenten la habilidad de mi brazo en subyugar a los que se rebelan; y entonces dirán si debo ser considerado como el último de los cielos.»

«Mientras hablaba así el Hijo, caminaba Satán en apresurado vuelo con sus secuaces; ejército más innumerable que las estrellas de la noche o las matutinas gotas de rocío que, como relucientes perlas engasta el sol en las plantas y las flores. Atraviesan una y otra región, los poderosos reinos de los serafines de las potestades y de los tronos en sus triples grados; comparados tus dominios, Adán, con aquellas regiones, serían lo que tu jardín con respecto a toda la tierra a los mares todos al globo entero, desplegado en toda su longitud. De esta suerte llegan por fin a las extremas partes del norte, y Satán a su mansión regia, fabricada en lo más alto de un monte, que se divisaba a lo lejos como una montaña sobrepuesta a otra, con pirámides y torres hechas de agramilado diamante y de rocas de oro; que era el palacio del célebre Lucifer, según en su lenguaje llaman los hombres a esta clase de construcciones; pues para afectar mayor igualdad con Dios, imitando el nombre de la montaña en que acababa de proclamarse al Mesías rey de los cielos, él llamó a la suya montaña de la Alianza. Y convocando en torno de ella a todos sus secuaces con pretexto de que así se le ordenaba para consultarlos sobre el ostentoso recibimiento que habían de hacer a su Soberano luego que se presentase, y valiéndose del arte con que sabía fingir el acento de la verdad cautivó su atención diciéndoles:

«Tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, títulos magníficos, si no son vanos desde el momento en que por un decreto se ha concedido a otro tan gran poder, que nos eclipsa a todos al ser consagrado por rey supremo. El es la causa de la atropellada marcha que esta noche hemos traído; él la de que aquí estemos congregados de improviso, con el único objeto de acordar cómo más dignamente hemos de recibir y qué honores nuevos hemos de rendir al que viene a imponernos un tributo de genuflexión, una humillación servil, que hasta ahora no se nos había exigido. Postrarnos ante uno, era demasiado: ¡cuán duro no debe sernos este doble culto ofrecido no sólo al que es superior, sino al que se nos dice ahora que es su imagen! Y, ¿qué acontecería si despertasen nuestros ánimos a mejor acuerdo, y se determinasen a sacudir tal yugo? ¿Humillaréis las frentes, y doblaréis temblando vuestras rodillas? No tal: creo conoceros bien; y asimismo os reconoceréis vosotros como naturales e hijos de este cielo, que antes no ha poseído nadie; y si no todos somos iguales, todos somos libres, igualmente libres, porque la diferencia de clases y dignidades no se opone a la libertad. que, por el contrario se concilia con ellas. ¿Quién, pues, ni razonable ni justamente podrá alzarse con la monarquía sobre los que de derecho son iguales suyos, si no en poder y esplendor al menos en libertad? ¿Quién se atrevería a dictarnos leyes ni mandamientos, cuando por estar exentos de crimen, no necesitamos de ley alguna? Y menos debiera atreverse a hacerlo el que no puede ser nuestro soberano ni exigir que lo adoremos sin vilipendiar la regia dignidad en virtud de la cual estamos destinados a gobernar, y no a ser siervos.»

«Escuchaban todos su audaz discurso sin contradecirlo, cuando levantándose el serafín Abdiel, celosísimo adorador de la divinidad y dócil cual ningún otro a sus mandatos inflamado en santa indignación, atajó así aquel furioso torrente:

«¡Oh blasfemo insolente y falso! No era de esperar que se oyesen semejantes palabras en el cielo y menos proferidas por ti, ingrato, que tan encumbrado te hallas sobre tus iguales. ¿Cómo puede tu sacrílega astucia condenar ese justo decreto promulgado y jurado por el Señor? Ordena que ante su único Hijo, que por derecho propio empuña el cetro regio, doblen todos los que habitan el cielo la rodilla, y honrándolo como es debido, lo confiesen por legítimo Soberano; y, ¿esto dices que es injusto, porque no es reducir con leyes a los libres, y lo es que uno solo impere sobre sus iguales y obtenga un poder que nadie puede heredar después? ¿Pretendes dictar leyes a Dios? ¿Vas a disputar sobre los fueros de la libertad con el mismo que te ha hecho lo que eres, y que al crear conforme a su voluntad las potestades celestes ha imitado las condiciones de su existencia? Harto experimentada tenemos su bondad; harto sabemos con cuánta solicitud procura nuestra dicha y nuestra grandeza, y que lejos de empequeñecernos, quiere, por el contrario, sublimar nuestro venturoso estado uniéndonos más estrechamente bajo una misma cabeza. Y, puesto que, como afirmas, fuera injusto que el que es igual reine como monarca sobre sus iguales, ¿osas tú por grande y glorioso que seas y aunque cifrases en ti solo el esplendor de las angélicas naturalezas, igualarte a ese unigénito Hijo, por quien, como Verbo suyo, el Padre Omnipotente lo creó todo, y te creó a ti mismo, y a todos esos espíritus celestes, coronados de gloria en diferentes grados y glorificados con los nombres de tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, potestades que constituyen nuestra esencia? No nos humillará su reinado, antes acrecerá nuestro lustre, porque siendo nuestro príncipe, no podrá menos de identificarse con nosotros; sus leyes serán las nuestras, y cuantos honores le tributemos vendrán a recaer en nosotros mismos. Desiste pues, de tu insensato encono; no perviertas a los que te escuchan, y apresúrate a calmar la cólera del Padre y la cólera del Hijo, que no es difícil obtener el perdón cuando se implora a tiempo».

...Con este fervor se expresaba el Ángel, mas era inútil su celo, que se tenía por extemporáneo, por poco digno y propio de espíritus apocados; de lo que lisonjeándose el Apóstata más ensoberbecido que antes, le replicó:

«¿Que fuimos creados dices, y que como producto de segunda mano, el Padre transfirió este cuidado a su Hijo? ¡Idea peregrina y nueva! Bueno fuera saber de quién has aprendido esta doctrina. ¿Cuándo se efectuó esta creación? ¿Recuerdas tú cuándo saliste de la nada, y cómo te dio el ser ese tu Hacedor? Porque nosotros no conocemos tiempo alguno en que no hayamos sido lo que somos, ni nada que nos haya precedido. Engendrados fuimos por nosotros mismos y elevados por nuestra propia virtud vivificadora, cuando llegado el momento fatal, adquirieron las cosas su complemento, y nosotros, frutos ya sazonados tuvimos por patria al cielo. Nuestro poder de nosotros únicamente procede, y nuestro brazo ejecutará tales empresas que muestre bien si hay otro que se le iguale. Entonces verás si tenemos necesidad de recurrir a súplicas, y si rodeamos el trono del Omnipotente como adoradores o como agresores. Y ahora lleva, refiere estas nuevas a tu ungido Príncipe; y apresura el vuelo antes que un funesto obstáculo te lo impida».

...Dijo, y aquellas innumerables huestes aplaudieron sus palabras con un ronco murmullo, parecido al que en el hondo mar forman las olas; mas no por eso perdió su intrepidez el flamígero Serafín, pues aunque solo y cercado de enemigos, se sintió con sobrado aliento para añadir:

«¡Oh espíritu apartado de Dios, espíritu maldito, contrario a toda virtud! Veo inminente tu perdición, y veo a tu desventurada grey, envuelta en tus pérfidos amaños participar a un mismo tiempo de tu crimen y tu castigo. No, no te inquiete ya el deseo de sacudir el yugo del Divino Mesías; no abrigues más confianza en las leyes de la indulgencia; otras serán las que contra ti se lancen, y leyes irrevocables. Ese cetro de oro a que pretendes sustraerte se trocará en azote de hierro que quebrante y reduzca a la nada tu inobediencia. Seguiré el consejo que me has dado mas no por temor a tus advertencias y amenazas, sino para huir de estas inicuas tiendas, que la inminente cólera del Señor abrasará en repentino incendio, sin distinguir de inocentes ni de culpables. Teme tú el trueno que va a estallar sobre tu cabeza, y el rayo devorador que te consuma. Gimiendo entonces conocerás al que te ha creado, porque no podrás menos de conocer al que te aniquile».

...Estas palabras pronunció el serafín Abdiel, único dechado de fidelidad entre aquella multitud de infieles, único que conservaba su fe, su amor y su celo, y que se mostraba firme, resuelto, inaccesible a toda seducción y a todo temor contra la rebeldía que se fraguaba. Ni el número ni el ejemplo fueron poderosos a hacerlo abjurar de la verdad, ni aun viéndose solo, a que decayera su constante ánimo. Largo trecho anduvo entre las legiones, sufriendo los improperios con que al paso lo zaherían; pero sobreponiéndose a sus insultos y menospreciando sus amenazas, abandonó con desdeñosa indiferencia aquellas altivas torres que en breve habían de derrumbarse.»

SEXTA PARTE

ARGUMENTO

Prosigue Rafael su narración, y refiere cómo fueron enviados Miguel y Gabriel a combatir contra Satán y sus ángeles. Descríbese la primera batalla, de resultas de la cual, y a favor de la noche se retira Satán con los suyos; convoca un consejo, e inventa unas máquinas infernales, con que en nuevo combate empeñado al siguiente día, consigue introducir algún desorden en las legiones de Miguel; pero éstas, por fin arrancando de su asiento montes enteros, sepultan bajo ellos a las huestes satánicas y sus máquinas. No logran sin embargo acabar con la rebelión y al tercer día envía Dios al Mesías, su Hijo, a quien había reservado la gloria de aquel triunfo. Preséntase éste en la plenitud del poder que le ha concedido su Padre, y ordenando a sus legiones que se mantengan inmóviles a sus lados, lánzase con su carro, fulminando rayos en medio de sus enemigos que incapaces de resistirlo se ven perseguidos hasta los postreros atrincheramientos del cielo; abierto el cual, caen precipitados con estrepitosa confusión al abismo, que de antemano estaba preparado para servirles de castigo; con lo que el Mesías vuelve victorioso al seno de su Padre.

«Continuó el Ángel intrépido caminando toda la noche; sin que nadie lo persiguiese y atravesando los vastos campos del cielo, hasta que despertada la Aurora por las Horas que marchan circularmente, abrió con sus rosadas manos las puertas de la luz.

«Hay en lo interior de la montaña santa y próxima al trono de Dios, una gruta que en perpetua alternativa ocupan la luz y las tinieblas, cuya agradable sucesión forma lo que puede llamarse el día y la noche del cielo. Auséntase la luz, y por la puerta opuesta entra mansamente la oscuridad, hasta que el momento de extenderse por los celestes ámbitos, bien que su mayor sombra pudiera tenerse aquí meramente por un crepúsculo. Ahora se acercaba la mañana circuida del empíreo esplendor con que brilla en la región suprema, y la Noche huía ante ella acosada por los rayos que despedía el Oriente; cuando a los ojos de Abdiel apareció la inmensa llanura cubierta de fúlgidos escuadrones agrupados en orden de batalla, de carros, de armas resplandecientes, de fogosos bridones que reflejaban su brillo unos en otros; señales todas de guerra pero de guerra que iba a estallar en breve porque todos sabían ya las nuevas que él pensaba comunicarles.

«Introdújose gozoso entre aquellas amigas falanges que lo recibieron con júbilo y ruidosas aclamaciones, como al único de tan inmensa muchedumbre de criminales que se había preservado de su perdición; y conduciéndolo al compás de sus aplausos a la santa montaña, lo presentaron ante el supremo trono de donde, y de lo interior de una nube de oro, salió una voz que pronunció estas dulces palabras:

«Siervo de Dios, has obrado bien; bien has combatido por la más noble causa defendiendo la de la verdad solo contra multitud tanta de rebeldes, y haciéndote más temible con tus palabras que lo son todos ellos con sus armas. Para dar testimonio de la verdad, has menospreciado el baldón universal, más difícil de sobrellevar que todas las violencias, cuidando sólo de hacerte grato a los ojos de Dios, y sin temor a que te calificasen de perverso. Fácil es ya el empeño en que vas a verte auxiliado de toda una hueste amiga, y habiéndote con contrarios a cuya presencia volverás con tanta mayor gloria, cuanto más te vilipendiaron al separarte de ellos. Someterás por la fuerza a los que no quieren admitir la razón por ley, siendo como es tan justa, ni al Mesías por soberano, cuando reina por el derecho de sus propios méritos. Apréstate, Miguel, príncipe de los ejércitos celestiales, y tú Gabriel, que lo igualas con ardor bélico; guiad uno y otro al combate mis invencibles legiones; poneos al frente de mis ejércitos santos. Que congregados por millares y por millones, lleguen a competir en número con los de esa muchedumbre rebelde y falta de Dios. Aprestad fuego y armas mortíferas: dad sin temor en ellos; y persiguiéndolos hasta la extremidad del Empíreo, arrojadlos de la presencia de Dios, de la mansión bienaventurada al lugar de su tormento, a los abismos del Tártaro, que abren ya su inflamado caos para que en él acabe su ruina».

«Esto dijo la soberana voz, y al punto empezaron las nubes a agolparse sobre la montaña, y la espesa humareda con cuyos lóbregos remolinos luchaban furiosas llamas, anunciaba la ira que iba a estallar en breve. Con estruendo no menos espantoso resonó en la cumbre el penetrante acento de la trompeta aérea, que apenas oída de las celestes potestades, se agruparon en irresistible masa moviéndose silenciosas aquellas brillantes legiones al compás de armónicos instrumentos, poseídas de heroico ardor, digno de un alto empeño, y siguiendo a los inmortales caudillos que defendían la causa de Dios y de su Mesías. Marchan con inquebrantable firmeza, sin que basten a desordenar sus filas angostos valles, empinadas lomas, bosques, ni ríos; que no es el suelo obstáculo a sus plantas, y los aires parecen ayudar a su veloz ímpetu. Y como cuando las aves de todo género cruzaban sucesivamente el aire y posaban su vuelo sobre el Edén, para que a cada cual impusieses tú su nombre, así iban atravesando los varios espacios del cielo y una y otra región diez veces más anchurosas que la tierra toda.

«Por fin, al término del horizonte y a la parte del septentrión, se descubrió en todo su extenso ámbito una lengua de fuego que semejaba un ejército en orden de batalla, y a menor distancia un bosque erizado de enhiestas lanzas, cubierto de yelmos y escudos varios, en que se veían pintados emblemas ostentosos. Eran los escuadrones de Satán, que se movían con precipitada furia, imaginándose que aquel día, bien por fuerza de armas, bien por sorpresa, habían de enseñorearse de la montaña del Eterno y sentar en su trono al soberbio competidor, envidioso de su grandeza. Mas el resultado mostró cuán insensatos y vanos eran sus propósitos.

«Extraño nos pareció al principio que unos ángeles moviesen guerra a los otros, y que, viniesen a descomunal batalla los mismos que asociados de continuo en unánime concierto de paz y amor, como hijos de un mismo y augusto Padre. entonaban loores al Rey Eterno; pero sonó el grito de guerra y el rumor fragoroso de la lid ahuyentando todo otro pacífico pensamiento.

«Descollando sobre todos los suyos y exaltado como un dios, mostrábase el Apóstata en su refulgente carro aparentando majestad divina, cercado de ardientes querubines y escudos de oro. Bajó de su pomposo trono, a tiempo que entre una y otra hueste mediaba ya limitado trecho, tan limitado como terrible, y que puestas frente a frente, se dilataban en formidable línea, prontas a acometerse; mas antes de llegar a este trance, adelantase Satán con resueltos e inmensos pasos a su sombría vanguardia, alto como una torre, y ciñendo su armadura de diamante y oro. No pudo verlo Abdiel sin indignación: estaba entre los campeones más insignes, determinado a los más valerosos hechos; y alentóse a sí propio exclamando:

«¡Oh cielo! ¡Qué tal semejanza guarde aún con el Altísimo quien no conserva ya ni fe ni respeto alguno! ¿Por qué donde falta la virtud, no han de faltar asimismo la fuerza y el ardimiento, y por qué el más audaz bien que parezca invencible no ha de ser también el más débil? Confiado en la ayuda del Omnipotente, he de poner a prueba la fuerza de ese cuya insensatez y falacia he probado ya, porque justo es que el que con la verdad ha triunfado, con las armas triunfe del mismo modo venciendo en ambos combates; que cuando la razón lucha con la fuerza, por más que sea empresa ardua y temeraria, la victoria debe estar de parte de la razón.»

«Así discurriendo, sale de entre sus compañeros armados, se encuentran a pocos pasos con su altivo enemigo, a quien aquella demostración enfurece más y lo provoca resueltamente diciéndole:

«Temerario, aquí te esperamos. ¿Presumías llegar a la eminencia a que aspiras sin que nadie se te opusiese? Presumías hallar indefenso el trono de Dios, y que lo hubiéramos abandonado temerosos de tu poder o aterrados por tus amenazas? ¡Insensato! No conoces cuán vano empeño es armarse contra un Señor Todopoderoso, que del más leve grano puede a cada momento sacar innumerables ejércitos, que destruyan tus maquinaciones, y que con sólo extender su mano a inconmensurables límites lograría, sin otro auxilio, al menor impulso, anonadarte a ti y confundir en tenebrosos abismos a tus legiones. Ya ves que no todos siguen tu ejemplo, y que todavía hay quien abrigue fe y amor en su Dios, lo cual no veías cuando en medio de los tuyos, fascinados por su error, era yo el único que disentía de todos. Contempla ahora si tengo imitadores, y aunque tarde, convéncete de que son pocos los que aciertan y muchos los que desvarían.»

«A quien el protervo Enemigo, lanzando una mirada desdeñosa contestó de este modo: «En mal hora para ti, en buena para mi sed de venganza, eres el primero a quien encuentro después que huiste de mi presencia, ángel sedicioso. Vienes así a pagar tu merecido, a sufrir el rigor de la cólera que has provocado, porque tu lengua fue la primera que por espíritu de contradicción se desató en injurias contra la tercera parte de los dioses congregados para defender sus derechos, que no cederán a nadie por grande que sea su omnipotencia, mientras se sientan animados de su virtud divina. Te has adelantado sin duda a tus compañeros, ambicioso de obtener alguna ventaja sobre mí, para que este triunfo les hiciese confiar en mi vencimiento. He suspendido mi venganza, porque en no replicarte, parecería que me obligabas a guardar silencio, y porque es bien te convenzas de que para mí libertad y cielo son una misma cosa, tratándose de espíritus celestiales, no de los que se avienen mejor con la servidumbre, espíritus abyectos entretenidos en cánticos y festines. Estos son los que tú has armado, mercenarios del cielo, que siendo esclavos, intentan pelear contra la libertad; pero hoy han de ponerse en parangón los hechos de los unos con los de otros.»

«Y Abdiel le replicó con entereza estas breves palabras: «¡Apóstata! No desistes de tu error, ni te verás libre de él, porque cada vez se alejan más tus pasos de la verdad. En vano infamas con el nombre de servidumbre el homenaje que prescriben Dios o la Naturaleza, pues Dios y la Naturaleza mandan que impere el que sea más digno, el superior a aquellos a quienes gobierna. Servidumbre es obedecer a un insensato, al que se rebela contra quien tanto puede, como es la de los tuyos al obedecerte. Ni tú mismo eres libre, sino esclavo de ti propio, y nada importa que lleves tu insolencia hasta el punto de escarnecer nuestra sumisión. Reina pues, en los infiernos, que serán tus dominios, mientras yo sirvo en el cielo al Señor, por siempre bendito, y obedezco sus supremos mandatos, como deben todos obedecerlos. Pero en el infierno te aguardan no coronas, sino cadenas; y ya que según has dicho, he venido huyendo hasta aquí, reciba tu arrogancia estas albricias con que te saludo.»

«Y al decir esto, había ya descargado un vigoroso golpe, que no quedó en amago, sino que cayó de pronto como una tempestad sobre la orgullosa frente de Satán, el cual ni con la vista, ni con la rapidez del pensamiento, ni menos aún con su broquel, pudo repararlo, antes le obligó a retroceder diez largos pasos y a doblar una rodilla sosteniéndose apenas en su robusta lanza; al modo que los vientos subterráneos o las desbordadas aguas arrancan de su asiento una montaña y la dejan medio inclinada con los pinos que cubren su superficie. Asombrados, o más bien furiosos, vieron los rebeldes tronos aquella humillación del que creían tan invencible; al paso que los nuestros prorrumpieron en un grito de alegría, presagio de su victoria e indicio del anhelo con que ansiaban el combate. Al punto ordena Miguel que suene la trompeta del arcángel, y pueblan sus ecos la vasta extensión del cielo, y el ejército fiel entona el Hosanna al Omnipotente.

«Mas no se contentaron las huestes contrarias con permanecer en inacción, sino que se precipitaron furiosas a la lid. Levantóse horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo hasta el presente, formando asperísima discordancia el choque de las armas y las armaduras, y el crujir de los carros de bronce y los ardientes ejes de sus ruedas. ¿Quién podrá describir el tremendo choque? Volaban las flechas encendidas, silbando horriblemente sobre nuestras cabezas, y cubriendo ambos ejércitos con una bóveda de fuego, y bajo ella se lanzaba uno contra otro con fragoroso ímpetu e inextinguible rabia. Tronaba el cielo todo, y de haber existido la tierra, entonces se hubiera conmovido hasta sus últimos cimientos. Mas, ¿qué mucho si de una y otra parte batallaban millones de ángeles denodados, de los cuales el más débil hubiera bastado por sí solo a conturbar los elementos, y a armarse de la fuerza con que prevalecen en sus regiones? ¿Qué poder les estaba negado a aquellas falanges innumerables que entre sí luchaban, para llevar por dondequiera el espanto y la asolación de la guerra? Hubieran trastornado, ya que no destruido, hasta su mansión nativa, si el Eterno y omnipotente Rey desde sus altos alcázares del cielo no hubiera puesto freno y límites a sus fuerzas. Cada legión de por sí equivalía a un numeroso ejército; cada guerrero representaba en fuerza una legión; y en tan atroz refriega el caudillo era soldado, el soldado capaz de alzarse a caudillo; que cada cual sabía bien cuando había de avanzar, cuando mantenerse a pie firme, o cambiar de batalla; o abrir y estrechar las temerosas filas sin que en ninguno cupiese la resolución de la fuga o la retirada, ni demostración alguna por donde parecer medroso, sino que cada uno confiaba en sí propio, cual si él solo dispusiese de la victoria.

«Y ¡qué de hazañas dignas de eterno nombre se consumaron! Por ser tantas no son para referidas. Ocupaba el combate infinito espacio, variando en cada momento en multitud de trances; y tan pronto luchaban los invictos guerreros en terreno firme, como alzaban el vuelo y se acometían suspendidos de los contrastados aires, que semejaban voraz hoguera. Mantúvose largo tiempo indecisa la batalla, hasta que Satán, que aquel día desplegó una fuerza maravillosa, no hallando quien pudiera contrarrestarlo, y desbaratando las filas de los serafines, revueltos en lo más enconado de la pelea, divisó por fin la espada de Miguel, que deshacía, segaba escuadrones enteros de un solo golpe.

«Asía el Arcángel su terrible arma con ambas manos, blandiéndola a todas partes con incontrastable fuerza: donde asestaba su filo todo era devastación y ruina. Salióle Satán al paso para poner coto a tan grande estragó, y se cubrió con el vastísimo círculo de su escudo reforzado hasta por diez láminas de diamante. Al verlo, el insigne Arcángel suspendió el belicoso empeño, y lleno de júbilo, como quien esperaba terminar la guerra con la derrota de su Enemigo y encadenarlo a sus plantas, el rostro encendido y con airado ceño, empezó dirigiéndole estas palabras:

«Recréate en el mal de que eres autor y a que has dado origen con tu rebeldía, pues hasta su nombre era en el cielo desconocido, y míralo propagarse aquí gracias a una guerra que si a todos es odiosa, será funesta para ti y para tus secuaces. ¿Qué has hecho de aquella bendita paz de que gozábamos, trocando nuestro estado natural en este tan miserable, producido por tu criminal soberbia? Y ¡que así hayas contaminado a tantos millones de ángeles, tan puros y fieles en otro tiempo y hoy tan henchidos de envidia y deslealtad! Pero no creas turbar la paz de esta mansión dichosa: el cielo te arrojará lejos de sus dominios, que como reino que es de bienaventuranza no tienen cabida en él los malévolos ni los perturbadores. Huye, pues, y en pos de ti vaya el mal que has abortado; y tú y tus perversas falanges sumíos en el infierno, que es vuestra funesta morada y da allí rienda suelta a tus furores, sin aguardar a que mi vengadora espada anticipe tu castigo, ni a que más ejecutiva aún la cólera del Señor, apresure los horrores de tu suplicio.»

«Y a esto respondió Satán: «No con vanas amenazas pretendas intimidar a quien no has podido. ¿Quién de los míos ha huido de tu presencia? Y si a tus golpes ha caído alguno, ¿no se ha recobrado al punto sin darse por vencido? Pues, ¿cómo se promete tu arrogancia triunfar más fácilmente de mí, y que yo abandone esta empresa? No desvaríes, porque no ha de terminar así un empeño que tú llamas criminal y que nosotros contemplamos como glorioso. Venceremos sí o convertiremos este cielo en el infierno que tú has inventado; y si no reinamos aquí, seremos siquiera libres. Esto te digo; y que no he de huir de ti aunque apuradas tus fuerzas, venga en auxilio tuyo ese que se apellida Omnipotente. De lejos o de cerca quiero pelear contigo.»

«Ambos enmudecieron; ambos se aprestaron a un combate indescriptible. ¿Cómo referirlo, ni aun con la lengua de los ángeles? ¿Con qué compararlo de lo que conocemos en la tierra? ¿Qué imaginación humana podrá encumbrarse hasta las maravillas del poder divino? Porque dioses parecían; y en sus movimientos, en su reposo, en figura, en acciones y el manejo de sus armas, dignos de conquistar el imperio de todo el cielo. Giraban sus fulminantes espadas en el aire describiendo tremendos círculos y sus escudos, uno enfrente de otro, relumbraban como dos grandes soles. Todo permanecía en expectativa, todo embargado de espanto. Apartáronse a entrambos lados los ejércitos angélicos dejando libre el espacio en que antes medían sus armas, porque hasta la conmoción que los combatientes imprimían al aire era peligrosa. Tal (valiéndome de imágenes pequeñas para pintar cosas sublimes) tal, una vez trastornada la armonía de la naturaleza y puestas en guerra las constelaciones, veríamos dos planetas de siniestro aspecto lanzarse uno contra otro y chocar furiosos en medio del firmamento, confundiendo en una sus enemigas esferas.

«Levantaban a la vez ambos campeones sus temibles brazos, cuya fuerza era sólo comparable a la del Omnipotente, y ambos ideaban asestar un golpe que fuese el postrero y pusiera término a la lid. Competían en vigor, en destreza y agilidad, mas la espada de Miguel, sacada de la armería de Dios, era de tan acerado temple, que nada podía resistir a su cortante filo. Paró con ella un furioso tajo de la de Satán rompiéndola en dos partes; y no bastando esto, tiróle una estocada, que penetrándole en el costado derecho, le abrió una enorme herida. Por primera vez sintió Satán el dolor, y comenzó a agitarse en horribles contorsiones, que el acero le destrozaba las entrañas; pero su etérea contextura no daba lugar a mayor estrago y se repuso en su ser, saliendo de la herida copiosos borbotones de licor purpúreo de sangre, tal como puede animar los espíritus celestiales, que manchó toda su armadura, poco ha tan resplandeciente.

«De todas partes acudieron a socorrerlo sus más denodados ángeles, poniéndose en su defensa, mientras otros lo trasladaban en los paveses hasta su carro distante un buen trecho del campo de batalla. En él lo depositaron haciendo extremos de dolor y rabia, avergonzados de ver que no era tan invencible como creían, postrada su soberbia con tal desastre, y desvanecida la confianza en que estaban de que su poder era igual al poder divino. Sanó empero muy pronto, porque los espíritus, en quienes todo es vida, existen por completo en cada una de sus partes, no como el frágil hombre en el conjunto, de sus entrañas, de su corazón, o su cabeza, del hígado o los riñones; no pueden morir sin reducirse a la nada; no es posible que el líquido de sus tejidos reciba una herida mortal como no es posible que la reciba la fluidez del aire; con todo corazón, todo cabeza, y ojos y oídos y sentidos e inteligencia; y a medida de su voluntad mudan de miembros, de color, de formas y de apariencia reduciéndose o dilatándose, según conviene mejor a sus deseos.

«Llevábanse al propio tiempo a cabo memorables hechos por el lado en que combatía Gabriel, el cual con sus brillantes enseñas, se entraba resueltamente por las espesas legiones que acaudillaba Moloc. En vano lo perseguía este soberbio príncipe, jurando que había de arrastrarlo encadenado a las ruedas de su carro, y, blasfemando con impía lengua de la sacrosanta divinidad de Dios: quedó hendido de un mandoble desde la cabeza a la cintura, y lanzando rabiosos ayes, desapareció con su destrozada hueste. Otro tanto acaecía en los dos extremos de la batalla, donde Uriel y Rafael triunfaban de sus orgullosos enemigos, Adramalec y Asmodeo a pesar de sus gigantescas fuerzas y sus diamantinas armaduras, viéndose ambos tronos castigados cuando más prepotentes se creían, y caídos de su altivez, sin que sus armas y defensas los . preservaran de huir cubiertos de horribles heridas. Ni se mostró Abdiel más remiso en escarmentar a la descreída muchedumbre, cayendo a impulsos de sus repetidos golpes Ariel y Arioc y Ramiel, que se distinguían por su violenta ferocidad. «Pudiera referirte las proezas de muchos millares de ángeles para perpetuar en la tierra la memoria de sus nombres; mas estos bienaventurados se contentan con la gloria que disfrutan en el cielo, y no han menester las alabanzas de los hombres. Y en cuanto a los adversarios bien que no les neguemos su poder y esfuerzo bélico, ni la fama que ambicionaban merecedores como se hicieron de la maldición que el cielo echó sobre ellos, dejémoslos yacer entre las tinieblas del olvido; porque la fuerza que se aparta de la verdad y de la justicia no es digna de estimación y loa, sino de reprobación y de menosprecio; aspira a la gloria por medio de un vano orgullo, y a la reputación valiéndose de la infamia: quede pues condenada a silencio eterno.

«Rendidos los principales caudillos, comenzó el combate a declinar, multiplicándose los desastres, y comenzaron la derrota y la confusión. Veíanse aquellos llanos cubiertos de despojos y armas despedazadas; los carros hechos trizas, los conductores y los caballos amontonados y envueltos en humo y en vivas llamas. Los pocos que subsistían en pie retrocedían azorados y comunicaban su desaliento a los ejércitos de Satán, que apenas acertaban a defenderse, que por primera vez sentían la debilidad del temor y los dolores del sufrimiento y que huían ignominiosamente, avergonzados de verse reducidos a tal extremo por mal de su pecado y su rebeldía. Hasta entonces ignoraban lo que era miedo y cobardía y angustia.

«¡En cuán diferente situación se hallaban los santos inviolables! ¡Cuán firme, cuán entera avanzaba su falange igual en sus filas, indestructibles, segura de su victoria! Debía esta ventaja a su inocencia, que tan superior la hacía a sus enemigos. No había incurrido en el pecado de desobediencia y se mantenía animosa en la confianza de quedar incólume aun cuando la violencia de la refriega turbase a veces el orden de sus legiones.

«La noche entretanto comenzó su curso, y esparciendo su oscuridad por el cielo, dio tregua e impuso silencio al odioso estrépito de la guerra. Vencidos y vencedores se guarecieron bajo su tenebroso manto; Miguel y sus ángeles permanecieron en el campo de batalla, en torno del cual velaban multitud de querubines con antorchas encendidas; en la parte más lejana Satán, rodeado de sus rebeldes huestes y oculto entre profundas tinieblas; y no pudiendo reposar un punto, luego que entró la noche, convocó a consejo a sus potentados y sin muestra alguna de desaliento les habló así:

«Los peligros que habéis arrostrado, queridos compañeros, la destreza de que habéis dado pruebas sin ser vencidos, os hacen merecedores, no ya de la libertad que es galardón mezquino, sino de bienes que tenemos en más estima del honor, el dominio, la gloria y el renombre. Todo un día habéis estado sosteniendo un combate dudoso; y lo que en un día habéis hecho ¿por qué no poder hacerlo durante una eternidad? Ha echado el Señor del cielo de cuanto poder disponía contra vosotros; de su mismo trono ha sacado las fuerzas que creyó suficientes para someteros a su voluntad; pero ¿lo han conseguido? No; y en esto debemos hallar la prueba de que no es tan previsor de lo futuro ni tan omnisciente como lo creíamos. Cierto que la inferioridad de nuestras armas nos ha perjudicado en parte, y ocasionándonos dolores que antes no conocíamos; pero una vez conocidos, los hemos menospreciado. Tenemos ya el convencimiento de que nuestra naturaleza empírea no está sujeta a trance mortal alguno, de que es imperecedera, pues aún debilitada por las heridas sana muy pronto de ellas, y vuelve a cobrar su vigor nativo. A tan leve mal, fácil es aplicar remedio. Con más poderosas armas, con instrumentos más impetuosos que para la lid próxima dispongamos, mejoraremos de fortuna y empeoraremos la de los enemigos o por lo menos se igualará la disparidad que seguramente no ha puesto entre ellos y nosotros la naturaleza. Y si otra causa ignorada les ha concedido esa superioridad, pues conservamos enteros nuestros ánimos y cabal nuestra inteligencia, veamos, e investiguemos los medios de descubrirla.

«Dijo y se sentó. Próximo a él estaba en la asamblea Nisroc, cabeza de los Principados que había salido del combate acribillado de heridas y con las armas abolladas y hechas pedazos. Mostraba gesto sombrío, y le respondió:

«Tú que nos libras de nueva servidumbre para procurarnos el pacífico goce de los derechos que como dioses nos son debidos, no dejas de comprender que siendo tales hemos de lamentar doblemente el vernos expuestos a dolorosas heridas, y forzados a pelear con desiguales armas contra un enemigo impasible e invulnerable. De esta contrariedad necesariamente ha de provenir nuestra ruina; porque ¿de qué nos sirve el valor, ni de qué esta fuerza tan vigorosa, si uno y otra ceden al dolor, que lo rinde todo y deja desmayado al más poderoso brazo? Podríamos muy bien renunciar quizás al goce de todo placer, y no prorrumpir en quejas, y vivir tranquilos que es la más dulce de las vidas; pero el dolor es el colmo de la miseria, el peor de los males, y cuando se hace excesivo, no hay paciencia que baste a soportarlo. Si alguno de nosotros acierta a inventar una arma que produzca dolorosa lesión en nuestros enemigos, invulnerables todavía, o una defensa tan eficaz como lo es la suya, nos prestará un servicio no menos digno de gratitud que el que debemos al que nos procura la libertad.»

«A lo que con estudiada compostura respondió Satán: «Pues ese invento desconocido aún, y que con razón estimas tan importante para nuestro triunfo, lo tengo ya. ¿Quién de nosotros, al contemplar la brillante superficie de este mundo celeste en que moramos, de este vastísimo continente; ornado de plantas, de frutos, de flores que exhalan ambrosía, de perlas y oro, puede ver con indiferencia maravillas tantas, y no conocer que nacen allí en lo interior de profundos senos, entre negras y crudas masas, de una espuma espirituosa e ígnea, hasta que tocadas y vivificadas por un rayo del cielo, se animan de pronto y exponen sus encantos a la influencia de la luz? Pues esos mismos gérmenes nos ofrecerá el abismo en su natural inercia y provistos de una llama infernal; los cuales, comprimidos en tubos huecos redondos y prolongados, con sólo aplicarles fuego por una de sus extremidades, se dilatarán ardiendo, y estallarán por fin con el estruendo del trueno, esparciendo entre nuestros enemigos tal estrago, que despedazándolos y destruyendo cuanto a su furor traten de oponer, temerán que hemos desarmado al Tonante de sus rayos, única arma terrible para nosotros. No será larga nuestra faena, y antes que asome el día veremos cumplidos nuestros deseos. ¡Animo, pues, nada temáis! Considerad que la habilidad y la fuerza reunidas no hallan cosa difícil, y menos cosa de qué desesperar.»

«No bien pronunció estas palabras, reanimáronse los semblantes y se abrieron los corazones a la esperanza. Admiración causó en todos semejante invento, extrañado cada cual que no se le hubiese ocurrido a él: tan fácil parece una vez descubierto lo que antes de descubrirse se hubiera tenido por imposible. Quizás en los futuros siglos, si la perversidad de tu raza llega a tanto, no faltará alguno de tus descendientes, que con ánimo dañino o por sugestión diabólica fragüe una máquina parecida, y en castigo de sus crímenes destruya a los hijos de los hombres al moverse guerra y atentar mutuamente contra sus vidas.

«Terminado el consejo, aprestáronse los rebeldes a la obra sin más tardanza. Nadie opuso reparo alguno, y todos dieron ocupación a sus manos. En un momento levantan la superficie del celeste suelo, descubren debajo las materias elementales de la naturaleza en su primitivo origen, hallan la espuma sulfurosa y nítrica, mezclan ambas entre sí y calcinándolas diestramente, las reducen a negros y menudos gramos, de que hacen provisión copiosa. Rompen unos las ocultas venas de los minerales y de las rocas, que existen en el cielo semejantes a las de la tierra, y forjan tubos y balas que llevan consigo la destrucción; otros fabrican dardos incendiarios, que abrasan instantáneamente cuanto tocan; y antes que se acerque el día, durante el secreto de la noche, dan cima a sus trabajos, y con gran previsión disponen todo lo necesario a su disimulada empresa.

«Apareció por fin en el oriente del cielo la risueña aurora, y se levantaron los ángeles vencedores al toque de la trompeta que los llamaba a las armas, formándose en breve las espléndidas falanges, que ostentaban el áureo fulgor de sus brillantes cotas. Desde las colinas que recibían los primeros rayos del sol, espiaban algunos el espacio que en torno se dilataba, mientras, desempeñados otros el oficio de exploradores, recorrían ligeramente armados todos los puntos, para averiguar a qué distancia se hallaba el enemigo, dónde estaba acampado, si había emprendido la fuga, si se ponía en movimiento o se conservaba inmóvil y apercibido para el combate. Descubriósele por fin ya cercano que avanzaba a paso lento, pero resueltamente formando una sola y espesa haz y desplegando al viento sus estandartes; a tiempo que Zofiel el más veloz de los alados querubines, retrocedía a toda prisa, gritando desde lo alto de los aires: «¡A las armas guerreros! ¡A las armas, y a combatir! ¡Ahí tenéis al enemigo! Los que creíamos que se habían fugado vienen a evitarnos la molestia de perseguirlos. No temáis que por fin se salven. Una nube parece su espesa multitud, y que caminan animados de funesta resolución y de confianza. Que cada cual ciña su cota de diamantes, y ajuste bien su casco y embrace fuertemente su ancho escudo para poder manejarlo como convenga, pues a mi juicio no va a ser hoy día de menuda lluvia, sino de gran tormenta, que fulminará rayos abrasadores.»

«De esta suerte preparó a los que estaban ya prevenidos; y puestos en orden, desembarazados de impedimentos, y viendo tranquilos que se acercaba el instante de pelear, se movieron resueltamente. Ya se avista el enemigo. Avanzaba con largos y lentos pasos, formando un inmenso cuadro, dentro del cual llevaba sus infernales máquinas rodeadas de apiñados escuadrones que impedían se descubriese el engaño. Al divisarse, se detuvieron los dos ejércitos; mas de repente apareció Satán al frente de los suyos y en altas voces se expresó así:

«¡Vanguardia! ¡A derecha e izquierda! Desplegad de frente, para que cuantos nos odian puedan ver cómo ofrecemos paz y buena avenencia, y con qué sinceridad de corazón estamos dispuestos a recibirlos si aceptan nuestra propuesta y no nos vuelven la espalda por pura perversidad, que es lo que sospecho. Pero pongo al cielo por testigo... Ya ves, ¡oh cielo! con qué lealtad obramos. ¡Ea, pues! Los que al efecto estáis destinados, desempeñad vuestro oficio, haced lo que dejo indicado, y bien recio para que todos puedan oírlo.»

Al oír estas palabras falaces y sarcásticas, los que formaban el frente se dividieron a derecha e izquierda, retirándose por ambos flancos, y descubrieron nuestros ojos un espectáculo no menos nuevo sobre ruedas y hechas de bronce, de hierro o piedra que extraño: una triple fila de columnas tendidas (que en efecto columnas parecían, o más bien troncos huecos de encina u otros árboles despojados de sus ramas y cortados en los montes), pero horadadas en toda su longitud, ofrecían sus bocas algo de siniestro, que revelaba insidiosos planes. Al lado de cada columna veíase un serafín, cuya mano blandía una pequeña vara que despedía fuego. Esto notábamos, y no sin sorpresa, perdiéndonos todos en conjeturas; mas no duró mucho la incertidumbre, porque apenas aplicaron ligeramente y todos a la vez las varas a unos agujeros imperceptibles de las columnas, iluminó de pronto el cielo una explosión de fuego, vomitaron las cavernosas máquinas torrentes de humo, y con horrible estruendo que ensordeció los aires, desgarrando sus entrañas, lanzaron la infernal, indigesta masa que contenían, con fragorosos truenos y una abrasadora lluvia de ardientes globos. Iban asestados contra las filas del ejército vencedor, y era tal su furioso ímpetu que dando en medio de ellas, no pudieron resistir su golpe los que se mantenían como firmes rocas, y cayeron ángeles y arcángeles a millares revueltos entre sí y en el mayor desorden. Ni sus armas les fueron de provecho alguno; que a no serles más bien embarazosas, fácilmente hubieran podido, como espíritus que eran, condensarse o esparcirse, y ponerse en salvo; pero ya sólo les quedaba la mengua de su derrota y total dispersión, tanto más segura, cuando más extendían sus filas. ¿Qué remedio intentar? Si avanzaban se exponían a ser rechazados de nuevo y más vergonzosamente, añadiéndose al desastre el mayor ludibrio de los enemigos, que ya se preparaban a descargar sus máquinas segunda vez: huir amedrentados era indigna resolución.

«Veíalos Satán lleno de regocijo en aquel trance y burlándose de ellos, decía a los suyos: «¿Qué es eso? ¿Por qué no se acercan más vuestros animosos vencedores? ¿Qué se ha hecho del denuedo con que acometían? Pues, ¿no les ofrecemos recibirlos con los brazos y el corazón abiertos? (¿puede hacerse más?) Y les proponemos términos de avenencia, y ellos, cambiando de opinión, toman el portante y nos hacen ridículas contorsiones, como si se propusieran armar una danza. Aunque para danzar creo que se muestran un tanto atolondrados y bulliciosos; bien que será la alegría que les han causado nuestros pacíficos ofrecimientos; de modo que si se los repetimos podemos prometernos completo éxito»

«Y en tono no menos burlón añadió Belial: «Los términos caudillo nuestro, en que se los hemos hecho son de tanto peso y tan difíciles de entender, y con tan irresistible fuerza de raciocinio los hemos expuesto, que no es mucho estén todos esos guerreros algo pensativos y desconcertados. No es posible enterarse bien de ellos, sin que le ocupen a uno de pies a cabeza; y por lo menos esta ocupación tiene la ventaja de indicarnos que no andan muy derechos nuestros enemigos.»

«Con semejantes chanzonetas los denostaban, creyéndose en su desvanecimiento superiores a todas las veleidades de la victoria. Estimábanse ya con su invención iguales en poderío al Eterno, y se burlaban de sus rayos y de sus legiones los breves momentos que duró su estrago, que no se prolongaron mucho, porque, encendida en ira la divina hueste, echó mano de armas que bastasen a desbaratar el infernal invento. Y fue así que de pronto (admira el vigor la fuerza maravillosa que Dios ha puesto en sus fieles ángeles) arrojan las armas, vuelan a las alturas, que con mil deliciosos valles alternan en el cielo como en la tierra, y raudos cual otros tantos rayos asen de las montañas, las mueven y desarraigan de sus cimientos con todo el peso de sus rocas y bosques, y torrentes, y cogiéndolas por sus cimas, las voltean entre sus manos.

«Hubieras entonces presenciado el asombro y terror que se apoderó de los rebeldes, viendo que las montañas, invertida su base se les venían encima, y que bajo ellas quedaban aplastadas con su triple fila las maldecidas máquinas, y todas sus esperanzas sepultadas entre tan inmensas moles. Sobre ellos al propio tiempo llovían peñascos y promontorios enteros, que al caer oscurecían la luz, y entre cuyos escombros desaparecían legiones, armas y defensas; y las armas eran ya instrumentos de nuevo daño, porque al romperse herían a los que las empuñaban, ocasionándoles acerbos dolores e imponderables tormentos: y sólo se oían desesperados ayes y horrorosos gritos, pugnando cada cual por librarse de la estrecha prisión que le sujetaba, pues el pecado privaba a aquellos espíritus de la sutil fluidez y esencia, que poco antes constituían su ser.

«Pero los que quedaban ilesos se aprovecharon del ejemplo, y apelando al mismo recurso arrancaron los montes circunvecinos. Comenzaron pues a volar por los aires, chocando unos con otros. Jamás pudo preverse lucha tan espantosa. ¡Con qué infernal rabia se combatía en los estrechos huecos que quedaban, y a pesar del pavor que aquellas tinieblas infundían! Las más cruentas guerras comparadas con la presente hubieran parecido un mero entretenimiento. El estruendo engendraba nueva confusión; la confusión producía mayor frenesí y estrago. Amenazaba desquiciarse el cielo, y seguramente se hubiera consumado aquel día su ruina si el Padre Omnipotente, cercado de esplendor en el incontrastable trono de su celestial santuario, pesando los acontecimientos y previendo aquella iniquidad, no la hubiera permitido para realizar sus inescrutables fines de glorificar a su consagrado Hijo, vengándolo de sus enemigos y declarar que transfería en él su omnipotencia; por lo que, como asesor que era suyo, le dijo así:

«Destello de mi gloria, Hijo amado, Hijo en cuya faz aparece visible lo invisible que como Dios yo tengo: tu mano, partícipe de mi omnipotencia, realizará lo que tengo decretado. Dos días han transcurrido, dos días según en el cielo los computamos, desde que Miguel y sus Potestades han ido a subyugar a esos rebeldes. Tremendo ha sido el combate como no podía menos de serlo armándose uno contra otro semejantes enemigos. Yo los he dejado entregados a sí propios; y ya sabes que al crearlos los hice iguales, y que no hay entre ellos más desigualdad que la del pecado, bien que ésta no se haya hecho sensible, porque no he fulminado aún mi condenación; de suerte que se perpetuaría esa lucha encarnizada, sin que llegara a decirse su resultado. La guerra fatigosa ha dado ya de sí cuanto puede dar; se ha soltado el freno a la más desesperada contienda; se han empleado los montes como armas arrojadizas, cosa ingrata para el cielo y perjudicial a la naturaleza. Dos días pues han transcurrido; el tercero te pertenece a ti porque a ti lo he destinado. Todo lo he consentido para que tuvieses tú la gloria de dar fin a esta cruda guerra, que nadie más que tú puede terminar. Yo he infundido en ti tal virtud y gracia tan eficaz, que los cielos y el infierno se prosternarán ante tu poder incomparable. Tú has de sujetar esa perversa rebelión de modo que todos confiesen ser tú el más digno de entrar en la herencia universal, en la herencia que de derecho te corresponde como Rey que has recibido la unción sagrada. Ve, pues, tú, poseedor del mayor poder de tu poderoso Padre; asciende a mi carro; guía sus rápidas ruedas de suerte que hagan temblar el cielo hasta sus cimientos; lleva mis armas todas, mi arco, mi irresistible trueno; suspende mi espada de tu cintura augusta, para que persiguiendo a esos hijos de las tinieblas, los arrojes de todos los límites del cielo a los más hondos abismos; y allí podrán menospreciar según les plazca a su Dios, y al Mesías; su ungido Rey.»

Al pronunciar estas palabras inundó completamente en rayos de luz a su Hijo, cuya inefable faz recibió toda la efusión del Padre; y lleno de su filial divinidad le respondió:

«Padre mío, superior a todos los celestes tronos, el primero, el más alto, el más santo y el mejor por excelencia: tu designio constante es glorificar a tu Hijo, como yo te glorifico también a ti según es justo. Toda mi gloria y grandeza, toda mi felicidad consisten en que complaciéndote en mí, veas satisfecha tu voluntad, y yo cifraré en cumplirla el colmo de mi ventura. Acepto como dones tuyos tu cetro y tu poder, de que haré dejación mucho más complacido cuando vengan los tiempos en que todo tú estés en todo, y yo en ti para siempre, y en mí todos aquellos que te sean amados. Pero yo odio a los que tú odias, y puedo armarme de tu terror como me armo de tus misericordias, dado que soy tu imagen en todo. Ministro de tu poder, libraré en breve a los cielos de esos rebeldes, que caerán precipitados en la lóbrega mansión donde los aguardan cadenas, tinieblas y perpetuos remordimientos; porque ellos renegaron de la obediencia que te es debida, cuando el obedecerte a ti es la felicidad suprema. Separados entonces tus inmaculados santos de los ángeles impuros, y rodeando tu montaña santa, y yo su caudillo, entonaremos sinceros cánticos, himnos de la más alta alabanza.»

«Dijo, e inclinándose sobre su cetro, se levantó del asiento de gloria que ocupaba a la diestra del Señor, a tiempo que la tercera aurora sagrada comenzaba a esparcir por el cielo sus resplandores. De repente, y con un ruido semejante al fragor impetuoso del huracán, se lanzó el Carro de Dios Padre fulminando espesas llamas. Tenía sus ruedas unas dentro de otras, y no se movía por impulso ajeno, sino por el instinto de su propio espíritu, yendo escoltado por cuatro custodios con aspecto de querubines. Cada uno de éstos mostraba cuatro rostros maravillosos, y sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables ojos, refulgentes como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las ruedas, las cuales despedían centellas; y sobre sus cabezas se alzaba un firmamento de cristal en que se veía un trono de zafiro matizado de purísimo ámbar y de los colores del arco iris.

«Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra divinamente labrada, ocupa el Mesías su carro. A su derecha lleva la Victoria que extiende sus alas de águila, y al costado del arco el carcaj divino lleno de rayos de triples puntas. Envuélvenlo en torno airados torbellinos de humo, de entre los cuales brotan las llamas ardientes exhalaciones. Diez mil

millares de ángeles lo acompañan y lo rodean veinte mil carros de Dios (yo mismo oí contarlos), que anuncian desde lejos su llegada. Sublimado sobre el firmamento de cristal y sostenido en alas de los querubines, veíase en su trono de zafiro; mas los suyos los descubrieron los primeros y se sintieron henchidos de inefable júbilo al divisar ondeante en los aires y tremolado por ángeles el estandarte del Mesías, que era la enseña del cielo. Bajo él congregó Miguel al punto sus legiones, extendidas en dos alas, que en breve rodearon al supremo caudillo formando un solo cuerpo.

«Ya el divino poder le había preparado el camino del triunfo: a su mandato, retiráronse las montañas a su primitivo asiento; oyeron su voz y le obedecieron; el cielo recobró su serena faz; los valles y las colinas se cubrieron de nuevas flores. Y vieron todos estos prodigios, sus desventurados enemigos, y persistieron en su obstinación reuniendo sus huestes para empeñar otro combate. ¡Insensatos, que de la desesperación sacaban su confianza! ¡Que tal perversidad quepa en ánimos celestiales! Pero ¿hay prodigios que basten a humillar a los soberbios, ni fuerza que pueda ablandar sus corazones endurecidos? Lo que más debiera convencerlos aumenta su pertinacia; enfurécense doblemente al ver la gloria del Unigénito y su magnificencia despierta en ellos mayor envidia. Su única aspiración es adquirir tanta grandeza, y vuelven a colocarse en orden de batalla, confiados en triunfar por la fuerza o por la astucia, y en vencer finalmente a Dios y su Mesías; y cuando no, hundirse para siempre en universal ruina; que no es dado a su altivez huir ni retirarse ignominiosamente, sino provocar el postrer combate. Por lo que el Hijo de Dios, dirigiendo su voz a uno y otro lado, habló así a sus cohortes:

«Permaneced, ¡oh santos!, en vuestra gloriosa actitud, y vosotros, ángeles, continuad armados; hoy descansaréis de vuestras fatigas. Habéis probado ya vuestra fidelidad y mostrados adeptos a Dios, defendiendo su justa causa y ostentando a fuer de invencibles los dones que habéis recibido de él. Pero el castigo de esa maldecida grey queda reservado a otro brazo, porque la venganza corresponde al Señor o a aquel a quien la confía. Lo que hoy ha de suceder no será obra que lleven a cabo el número ni la muchedumbre; y si estáis atentos, contemplaréis cómo me hago yo ministro de la indignación divina contra esos impíos; que no os han ofendido a vosotros, sino a mí haciéndome objeto de su envidia. En mí tienen puesto su encono, porque el sumo Hacedor, de quien es el poder y la gloria de este imperio, me ha elevado a esta grandeza por efecto de su voluntad; y a mí, por lo tanto, me ha encomendado su castigo. Desean que cada cual probemos en nueva batalla nuestro poder, ellos contra mí solo, y yo solo contra todos ellos; y pues la fuerza es su único recurso, y no ambicionan otro timbre ni reconocen mayor virtud, sea la fuerza la que decida.»

«Al acabar de decir esto, revistióse su faz de un aire tan sombrío, que infundía terror, y dando rienda suelta a su cólera, se precipitó sobre sus enemigos. Cubriéndolo al mismo tiempo con sus alas incrustadas de estrellas, que hacían más pavorosas las tinieblas de alrededor, los cuatro querubines que sostenían su carro. Ya giran las ruedas de éste con un estruendo parecido al de un torrente de un ejército numeroso, y arrebatado de su ardiente ímpetu, y formidable como la noche, vuela hacia sus contrarios. Conmovíase a su paso el tranquilo Empíreo de uno a otro extremo, y todo retemblaba y vacilaba, excepto el trono de Dios. Presto se vio entre ellos, y empuñando en su mano diez mil rayos que arrojó delante de sí, quedaron acribillados de heridas los rebeldes. Llenáronse de pavor; perdieron todo aliento, toda esperanza de resistencia; cayéronseles las armas de las manos. Alfombra de sus plantas fueron los escudos y yelmos y aceradas frentes de todos aquellos tronos, potestades y serafines que derribadas ahora de su soberbia, hubieran deseado ver otra vez sobre sí el peso de las montañas, para no ser blanco de tan implacable encono.

«De los ojos de los cuatro querubines y de los innumerables, que cubrían también las animadas ruedas, salían por todas partes rayos abrasadores. Un mismo espíritu los dirigía; cada uno de aquellos ojos era un horno encendido que fulminaba fuego contra los malvados, los cuales faltos ya de fuerzas y del vigor que antes los animaba, caían vencidos, medrosos, confusos y aniquilados. Y sin embargo, no apuró el Hijo de Dios su rigor con ellos, contentándose con desatar a medias el trueno de su venganza, dado que no se había propuesto destruirlos, sino expulsarlos de la celestial morada; y así les permitió reponerse de su postración y los ahuyentó como un rebaño de tímidas ovejas reunidas por el miedo. El terror y las furias los aguijaban; y al llegar a la muralla de cristal, que formaba los límites del cielo, abrióse éste de par en par, y puso ante su vista la inmensa sima del infinito abismo que los aguardaba.

«¡Qué espectáculo tan espantoso! El horror los hizo retroceder pero mayor era aún el que los impelía hacia adelante. Ellos mismos iban precipitándose al llegar al borde de la celestial orilla, y la maldición eterna los empujaba para más apresurar su ruina. Oyó el infierno aquel fragoroso estrépito, como si se derrumbase el cielo del cielo mismo, y hubiera huido amedrentado, si el inflexible Destino no hubiera ahondado bien sus negros cimientos, ligándolos con cadenas indestructibles.

«Nueve días estuvieron cayendo. Rugió trastornado el Caos y sintió diez veces doblada su confusión con el estridente tumulto de aquel estrago, que acumuló tantas ruinas y destrozos. Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos, y volvió a cerrarla; el infierno, propia morada suya, lugar de dolores y penas, sembrado de inextinguible fuego. Y el cielo se regocijó, ya pacificado, y unió de nuevo sus muros reduciéndolos a sus límites.

«Quedando vencedor por sí solo con la expulsión de sus enemigos, retiró el Mesías su carro triunfal; y enajenados de júbilo salieron a su encuentro todos los santos, que hasta entonces habían contemplado silenciosos e inmóviles sus admirables hechos. Marchaban rodeándolo con ramos de palmas, y cada una de aquellas brillantes jerarquías entonaba cánticos de triunfo, cánticos al Rey victorioso, al Hijo, al heredero del Padre, al Señor cuyo dominio acataban al más digno de poseerlo. Al compás de estas aclamaciones, atravesó por en medio del cielo hasta el palacio y templo de su omnipotente Padre, sublimado sobre su trono, que lo recibió en el esplendor de su gloria, donde está hoy sentado a su diestra, en inmortal bienaventuranza. He aquí cómo asemejando las cosas del cielo a las de la tierra, para satisfacer tus deseos, y a fin de que puedas aprovecharte de las lecciones de lo pasado, acabo de revelarte lo que en otro caso quizás hubiera ignorado para siempre la raza humana: la discordia y guerra que se suscitó en los cielos entre las angélicas potestades, y la eterna ruina de los que llevados de una desmedida ambición, se asociaron con Satán en su rebeldía. Envidioso de tu felicidad, anhela hoy éste apartarte asimismo de la obediencia a tu Creador, para que desheredado como él de tu dichoso estado, vengas a merecer su castigo y caigas en su perpetua miseria. Su mayor venganza, su único consuelo sería poder ultrajar al Altísimo, haciéndote a ti partícipe de su error y de su pena. No des jamás oído a sus tentaciones; prevén esto mismo a tu compañera; ten presente el terrible ejemplo que has oído, el castigo en que incurren los inobedientes. Ellos hubieran podido ser siempre venturosos, y se perdieron. No te olvides de esto, y teme ser contado entre los rebeldes.»

jueves, 19 de mayo de 2011

Cuento: “La Decisión de un Androide”

Bueno, de antemano, esto de escribir no es algo que realice muy a menudo. Pero lo hice porque estaba leyendo varios libros de ciencia ficción en ese momento y me tope con que en la universidad en la que estudié, en ese momento estaban realizando un concurso de cuentos de ciencia ficción. Si bien mi libro no fue mencionado en los ganadores o finalistas, ni nada por el estilo, me quedé con el cuento, debido a que fue algo que creé y que aunque llevo mucho tiempo que no lo leo, creo que tal vez compartirlo con algunos otros lectores y escuchar opiniones no me caería mal (ya que sólo unos cuantos amigos míos lo han leído y creo que por el hecho de que son muy amigos míos me dieron buenas críticas). Nuevamente, he notado que tiene muchos errores de todo tipo, pero ya no quise arreglarlos, para así recordar como lo escribí originalmente.

Saludos!!! espero les agrade (es de 20 páginas a doble espacio, para que no se asusten, no esta tan largo como parece)

“La Decisión de un Androide”

¡Buuum!

Fue lo primero que escuché, toda la plataforma se agitó violentamente, el ruido era atronador. Tan rápido como pude me incorporé. Tomé mi arma que se encontraba sobre un estante unido a mi cámara de de recarga. Drillen ya estaba frente a mi cuando estaba por llamarle.

-¿Qué demonios fue eso?- me preguntó

-No se- le contesté- pero no puede ser nada bueno-

-Mierda - espetó, y luego añadió- ¿Donde están Seha y Gitt?-

-No lo se… - Y otra grande explosión en el fondo ahogo lo que estaba diciendo, seguida de otra nueva sacudida, que casi nos hace caer.

Luego le siguió una voz mecánica por los altavoces de la nave:

“Sistema de compresión averiado, sistema de compresión averiado. Toda la tripulación deberá abandonar la estación lo más pronto posible. Todas las cápsulas de escape están en los hangares de los subniveles 3 al 15.”

Otro ¡BAAANG!

Y entonces el altavoz comenzó a dar nuevas indicaciones:

“Corrección, por favor, utilicen los escapes 3 al 7. Los escapes 3 al 7. Estamos recibiendo fuego, impactos de naves enemigas no identificadas. Por favor, evacuen lo más pronto posible, el núcleo pierde estabilidad, se calcula que estallará en menos de 30 minutos, treinta minutos. La explosión destruirá todo lo que resta de la estación.”

-¡Mierda!- masculló Drillen – No puede ser cierto, por que coño querrían derribar esta jodida estación.-

-No se, y francamente no me importa, lo mejor es que busquemos a los gemelos y a Untell lo mas pronto posible. Necesitamos largarnos de esta jodida estación-

Mi computadora interna me mostraba las áreas afectadas de la estación. No era una imagen bonita, los esquemas mostraban todos los niveles superiores destruidos. Los subniveles 3 al 25 estaban en buen estado al incorporarme, pero al haberse derrumbado los niveles superiores, se llevaron consigo a los subniveles 8 en adelante.

Bip… Bip… sonaba mi sistema de comunicaciones interno. Entonces abrí el canal:

-Aquí Delgrid-

-¿Siguen en el subnivel 1?- me preguntó Untell

-Me alegra escuchar tu voz amigo, si seguimos aquí, ¿dónde estas?- le pregunté con algo de urgencia en mi tono.

-Estaba paseando por la nave, sabes, algo que siempre hago mientras ustedes se cargan las baterías-

-Al demonio con eso- se escucharon los gruñidos de Drillen, quien se acababa de incorporar al canal de audio- ¿Dónde carajos te encuentras? ¿Y sabes dónde coño se encuentran los gemelos? No aparecen en mi radar.

-No Drillen, no se donde se encuentran, pero ahora me estoy tratando de poner en comunicación con ellos- le contestó Untell en un tono muy serio.

La estación se volvió inestable, y ahora todo se comenzó a derrumbar. Todas las plataformas comenzaron a vibrar de manera constante. Al fondo la alarma continuaba urgiendo a toda la tripulación que evacuara lo más rápido posible. El ruido era ensordecedor.

-Nos alcanzas en la nave Untell, vamos a tratar de comunicarnos con los gemelos en el camino, pero debemos alcanzar la nave antes de que todo esto se colapse sobre si- hablé lo más tranquilo que pude, pero honestamente mis circuitos brincaban aceleradamente. Mi programa de supervivencia me obligaba a largarme lo más pronto posible de esa estación.

-Entendido compañero Del, ahí nos reuniremos. Mantendré los ojos abiertos por si me topo con Seha y Gitt- cortó la comunicación, y Drillen y yo comenzamos nuestro trayecto hacia la nave.

Se escuchaba el crujir del metal por todas partes, estaban cayendo vigas al por mayor. Todo era un enorme caos, veía los planos de la estación y buscaba la ruta mas corta para llegar a nuestra nave, pero todo se veía tan diferente. Faltaban accesos, puentes que habían caído y ahora debíamos brincar grandes distancias entre plataforma y plataforma.

Nos topábamos con escombros por todas partes, nos dirigimos por una plataforma que se estaba venciendo. El piso de metal se estaba cayendo a pedazos bajo nuestros pies, las paredes vibraban, el techo se colapsaba, el ruido era atronador, y si no es por nuestra visión infrarroja, no hubiéramos podido salir de ahí jamás.

Llegamos al siguiente subnivel, y subimos unas escaleras interminables. Una ves allí, nos topamos con un conducto pequeño, que aparentemente nos llevaría al subnivel donde nos podríamos conducir hacia el hangar en el cual se encontraba nuestra nave. El conducto en el que nos encontrábamos estaba cubierto de paredes bastante gruesas y su techo era muy bajo, dando una impresión de confinamiento. Era muy angosto y casi todas las puertas que se encontraban en el estaban reforzadas. Así que nos movimos lo más rápido posible, lo último que querríamos era quedarnos encerrados dentro.

Para nuestra mala suerte, la puerta que necesitábamos utilizar, estaba cerrada. Intenté abrirla utilizando claves que se sobreponían a las órdenes del computador de la estación, pero ni así se abría la maldita puerta. Así que me desesperé y comencé a tirar de la puerta con todas mis fuerzas. Pero desgraciadamente la puerta seguía sin ceder un milímetro, así que Drillen se unió a mis esfuerzos, pero aun así, solo pudimos abrir la puerta unos centímetros. Drillen estaba al borde de la locura, se le notaba en sus gestos. Vi como bruscamente su brazo derecho comenzó a girar, y cambio a modalidad arma de láser. Drillen dio unos cuantos disparos a la puerta, y luego para terminarla, le dio un empellón con toda su fuerza. La puerta salió disparada hacia el lado contrario, y Drillen y yo pudimos seguir con nuestro camino.

Una vez que llegamos a nuestra nave, intente comunicarme con los gemelos. Mas sin embargo, seguían sin contestar en ninguna de las líneas de sus sistemas de comunicación.

- Sigo sin poderme comunicar con gemelos- le dije a Drillen

- Mierda, si no nos vamos ya, vamos a terminar esparcidos por el espacio-

Se abrió un canal en mi sistema de comunicación – Del, ya estoy cerca de la nave, ¿alguna novedad de los gemelos?-

-Negativo Untell, sigo sin poder contactarlos-

-Comienza a calentar la nave, necesitamos habernos esfumado ayer- rezongó Delgrid

Entramos en la nave, subí al puente de mando. Encendí todos los sistemas, y comencé a calentar los motores. Ingresé a las cámaras exteriores del computador de la estación, mediante los canales seguros de esta. Me quede helado de ira, esos desgraciados estaban destruyendo las naves que salían de la estación, así como las cápsulas de escape. Porque demonios harían algo así, estábamos en una zona neutral, no debían actuar de esta manera.

-Hijos de perra- masculló Drillen- seguro son Cyborgs-

Yo no quería contradecirlo, pero Drillen tenía razón, probablemente lo eran. Pero en lugar de especular verifiqué los lectores del los núcleos de energía. Listo, ya estaban cargados, los motores estaban calientes, y ya podíamos evacuar la estación.

-¿Qué rayos esta deteniéndolos? – preguntó con voz desesperada Drillen, y en eso entró en el puente Untell.

-No quiero ser el portador de las malas noticias, pero todos estos hangares se están derrumbando- y justo después de decirnos eso, la nave comenzó a tambalearse

-Todavía no tenemos noticias de los gemelos…- comencé a decir, pero la nave se comenzó a sacudir excesivamente.

-Maldición, tendremos que irnos sin ellos- gritó con tono exasperado Drillen

Y Drillen tenía razón, si nos quedamos un momento más, la nave quedaría atrapada en el hangar, o sufriría daños que nos impedirían nuestro escape. Odiaba la idea de tener que dejar a nuestros amigos, pero no teníamos alternativas. Untell inclinó un poco su cabeza en señal de asentimiento, entonces con una sensación de frustración pulse los comandos adecuados y la nave se liberó del hangar.

6 semanas después

Seguía sin poder superarlo, perder a un amigo siempre es algo doloroso, sobretodo cuando llevas años conviviendo con ellos. No son los primeros amigos que pierdo, pero eran Seha y Gitt. Ellos eran especiales, siempre estaban haciendo de las suyas, y eran bastante agradables para estar constituidos de materia orgánica. De hecho, si no fuera por ellos, nosotros nunca abríamos conformado la unidad que habíamos llegado a formar. Dos robots, un androide y dos clones. Lamentablemente ahora ya no contaríamos con los gemelos, y sería algo muy difícil de superar, si es que algún día lo podía superar.

Aunque soy un robot anticuado, muchas de las modificaciones que me hizo Untell, no habrían servido sin los programas creados por los gemelos. Casi todo el software que corría por mis circuitos había sido programado por ellos, y por ello les tenía tanta estima, sin ellos yo ya sería obsoleto y seguro, chatarra comprimida, de esa que flota en las inmensidades del espacio. Gracias a ellos contaba ahora con un programa de personalidad, así como un ordenador autónomo.

-Que descansen en paz amigos…- murmuré al espacio. No creo que jamás valla a tenerle tanto aprecio y respeto a algún ser orgánico. Y jamás podre olvidarlos.

Caminé un poco, me acerque a la pantalla que mostraba el exterior de la nave. Sólo se observaban muchas estrellas lejanas.

-Trip, trip, blip, blip – Se escuchaba levemente

- Tlic, clic, clic, clic- nuevamente esos tenues ruidos

-Trip, trip, clic, blip, clic, blip- esos ruidos desagradables me regresaron al presente. Todos esos sonidos venían del procesador principal de Drillen, quien se encontraba en su cámara de recarga. Su procesador aunque uno moderno, era uno muy cuadrado, aunado con la programación de máquina de guerra, y eso convertía a Drillen en un robot altamente violento y que siempre optaba por soluciones en las que las explosiones eran la opción más factible. Era un robot hecho para la guerra, tenía muchas armas integradas a diferencia de mí, y aparte siempre cargaba con un mini CEUC (Cañón de Energía Ultra Comprimida). Lo cual lo convertía en una pequeña armada por si mismo.

-¿No crees que es muy arriesgado lo de invadir esa estación minera con tan pocos miembros?- me preguntó Untell, sacándome de mis pensamientos.

- ¿Acaso no siempre tomamos riesgos?- le contesté

- Si, pero tal ves la misión pudiera aplazarse un poco, en lo que trazamos un mejor plan, uno en el que no existan tantas variables-

- Si tal ves, pero ahora tienen a su armada en el frente, así que la estación esta vulnerable, por eso es que aunque el plan es algo arriesgado, vale la pena intentarlo-

- Bueno, entonces que así sea- me contestó en un tono de resignación, y lo noté algo distanciado, como que tenía algo mas que quería decirme. Pero sí, tenía razón, era arriesgado lo que íbamos a realizar, pero si lo lográbamos, podríamos obtener información de un computador central de los Cyborgs, y dicha información era valiosa, contendría desde avances tecnológicos, hasta planes estratégicos. Además no se diga, que si eliminábamos la estación minera, sería aunque pequeño, un golpe para su obtención de recursos para su construcción de naves.

Los humanos que creyeron mejorarse a si mismos al transformarse en parte máquinas, para así dar a los primeros Cyborgs, cometieron un grave error al ceder su individualidad y ponerse a las disposiciones de un único superordenador, dando así a lo que son actualmente los Cyborgs. Ya que ese superordenador continúo haciendo lo que sus creadores siempre habían hecho: La guerra. La guerra contra lo que era diferente a él. Inicialmente los humanos fueron su objetivo, a lo que los Androides, los Robots y los Clones se opusieron, por lo que al aniquilar a los humanos, la guerra continúo contra los demás.

La gran desventaja que teníamos en esta guerra, era que los Cyborgs constituían un conglomerado, y nosotros no. Los Robots y los Androides estábamos divididos entre diferentes facciones controladas por numerosos ordenadores. Los múltiples ordenadores tenían ideales diferentes, por lo que los robots, así como los androides pelaban entre ellos, y no solo me refiero entre androides y robots, sino que había guerra entre los mismos robots, al igual que entre los androides. Existían algunos que ponían sus diferencias aparte y optaban por luchar unidos contra el enemigo más fuerte: los Cyborgs. Ya que los dos estaban siendo vencidos por ellos. También estaban los clones, pero sus números iban disminuyendo. Hoy en día era muy difícil conseguir materia orgánica para su sustento, así que se veían forzados a mantener sus números bajos. Por lo que solo de vez en cuando intervenían en la guerra.

Los Cyborgs estaban ganando terreno en todos los frentes, y por más que intentábamos no les podíamos detener. La guerra contra ellos se veía perdida cada ves más con cada día que pasaba, por eso ahora hacíamos todo lo que estaba en nuestro alcance para intentar ganar un poco de terreno. Fueron los clones los que comenzaron con estas ideas: atacarlos en lugares desprevenidos, hacerles emboscadas, destruir sus cargueros, así como cualquier estación mal protegida, o en sus naves mensajeras, en fin, todo aquello perteneciente al enemigo a lo que pudiéramos echarle mano, sin necesidad de utilizar todo un regimentó. Atacarles al azar, aunque incursiones de alto riesgo. Por lo cual se habían formado pequeños grupos de ataque, nosotros éramos uno de ellos.

En fin, nuestras órdenes consistían en robar dos naves. Una de los cyborgs y una de los robots enemigos. Con la de los robots causaríamos una distracción, y con la de los cyborgs entraríamos a la estación. De ahí tendríamos que utilizar todas nuestras habilidades para poder ingresar al computador central, y el comando del núcleo. Una vez en el núcleo, solo necesitaríamos desestabilizarlo y así podríamos escapar y ver como explotaba la estación. Claro, contando con que habríamos copiado todo el disco duro del ordenador de ella.

Dos días después.

Antes de echar a andar, recibimos una entrega de equipos nuevos, modelos recientes, lo más nuevo de lo más nuevo.

-Impresionantes- comentó Untell

- Son demasiado grandes- objetó Drillen,- nos van a estorbar.- Se le escuchaba un tono de amargura ante los nuevos Robots, y esto era porque Drillen era el Robot de combate de nuestro grupo, el siempre hacia las misiones de alto riesgo, pero ahora con estos nuevos modelos, Drillen veía competencia, y tal ves a esta competencia sería demasiado para él.

- Los modelos FGMH 23 son unidades creadas para los frentes.- Comenzó a describir el computador central a los nuevos miembros del equipo- Cuentan con un generador de campo magnético, y para las armas de gran impacto: Un dispersador de energía comprimida. Lo que si bien no es lo suficientemente resistente a un impacto de un CEUC, no quedarán totalmente inutilizados si son alcanzados por uno de ellos. Cuentan con blindajes en las zonas más probables de recibir impactos, las aéreas altas. Solo su aparato locomotor carece de ellas, y esto es para no perder movilidad. Son bastante rápidos, cosa que algunos de los modelos anteriores carecían. Pueden recibir impactos de cualquier arma, láser o incluso explosiones, solo son vulnerables a los CEUC. Tienen en la parte superior dos rifles láser de alto poder. Cuentan con un lanza explosivos de diversos tipos (magnéticos y de fuego), una metralla de láser descomprimido y para finalizar: Un CEUC de gran calibre.-

- Sigo creyendo que ocupan demasiado espacio, eso nos será contraproducente- continuaba objetando amargamente Drillen.

Uno de los modelos movió un poco su cuerpo, abrió un canal de comunicación y nos dio un mensaje en lenguaje primo, en el cual el robot exponía sus cualidades para la misión.

-Wauuuu, tendré que ponerme de su lado Drillen, el Gigante tiene razón, y esta muy confiado en que sus dimensiones son las adecuadas.- sabía que a Drillen no le agradaba en lo más mínimo lo que nos acababa de comunicar el robot, pero bien, el gigante había hecho su tarea, conocía los planos de la estación y estaba al corriente de que no nos encontraríamos con lugares chicos.

Drillen ya no contesto nada, se limitó a observarlo bien durante un momento, y luego se retiró del compartimiento.

El computador principal nos hizo saber que sólo faltaban 3 horas para alcanzar la nave de los cyborgs que íbamos a hurtar.

-Bien, ¿listos?- y comencé a dar instrucciones a toda la tripulación, éramos unos 26 robots (6 de los Gigantes) y un solo androide (Untell), de los cuales 21 entraríamos a la nave enemiga. Cada uno ya conocía sus indicaciones, cada uno procedería como ya se había planeado, pero siempre se nos pedía que realizáramos un último análisis de nuestros sistemas internos, ya que podrían haber fallas internas, y si así era, sí alguno de nuestros procesadores encontraba una falla, entonces ese robot no podría continuar con la misión y tendríamos que remplazarlo con alguno de los otros robots que no formaban parte de la misión de manera activa.

Contábamos con un nuevo sistema que permitía a nuestra nave pasar unos momentos desapercibida ante los radares del enemigo, este nuevo sistema apenas los estábamos poniendo en marcha, por lo que esperábamos tomar de sorpresa a la nave enemiga.

Cuando la nave enemiga estuvo lo suficientemente cerca, la atacamos con un pulso magnético, el cual paralizo todos sus motores y la dejó a susceptible a ser abordada por nosotros. La primera fase de la misión fue un éxito, nuestro sistema de antirradar funcionó.

La nave enemiga era 4 veces mas grande que la nuestra, por lo que sabíamos que tendría mayor cantidad de tripulación que nosotros, pero aun así contábamos que el impulso magnético paralizara al computador central, dejando así a todas la unidades que tripulaban la nave, en un estado de desconexión, a lo cual no estaban acostumbradas y las forzaría a actuar como unidades individuales en lugar de un conjunto, ya que de haber actuado sincronizadas podrían haber defendido fácilmente su nave de nosotros. Era un tipo de: Divide y conquista.

Una vez conectado el puente adherente, uno de los Gigantes abrió un agujero en la nave enemiga y así pudimos entrar en ella. Fui el cuarto en entrar, lo primero que encontramos fue un túnel de medianas proporciones, lo que no afectaría a los Gigantes. Los Gigantes ya habían eliminado a 2 cyborgs, al parecer habían estado pasando por esa área al abrirse el hoyo, y fueron desafortunados al estar al alcance de la mira del primer Gigante que entró.

Caminamos por el túnel, este era bastante largo y tenía muchos cables por todas partes.

-Odio a los cyborgs y sus malditos cables, siempre tienen cables, ve a tu alrededor ¡cables en todas partes!- me dijo Drillen

Todos los robots pasaron por alto el comentario, excepto aquel Gigante que anteriormente habíale contestado a Drillen. Dicho robot lanzó un mensaje a nuestro sistema de comunicación, el mensaje fue corto, pero conciso:

-¡Guarden silencio! Toda comunicación debe ser codificada y enviada por los canales seguros de comunicación pertinentes –

Untell me dirigió una mirada de asombro, ese Gigante si que tenía tuercas solidas. Nadie habríale hablado de esa manera a Drillen. No sabiendo lo que éste era capaz de hacer.

Drillen ya no hizo ningún comentario, pero vi como movía sus dos brazos, que ahora estaban en modalidad arma laser, en pequeños círculos. Ese era el tipo de ademan que hacia justo antes de entrar en acción. Lo cual sugeríame que estaba más que rabiando de ira. Afortunadamente seguimos por el pasillo sin ningún percance. Pero en cuanto alcanzamos la puerta para la siguiente cámara, ahí fue cuando las cosas se pusieron feas.

Dos rayos laser cruzaron la puerta, le pegaron al gigante que dirigía la comitiva. Los impactos no parecieron hacerle daño, el dispersador de energía pudo neutralizarlos. Pero a continuación la puerta explotó, y salió volando hacia nosotros, el destello fue tan repentino que la puerta nos impacto a varios, sólo yo caí de bruces. Drillen corrió hacia el otro lado de la puerta y comenzó un frenético ataque. Los 5 gigantes que nos acompañaban hicieron lo mismo. Yo me puse en pie, me dirigía hacia la puerta cuando uno de los gigantes salió volando hacia mí, si no es porque Untell me alcanzó a mover, ese gigante me habría derrumbado. Me asomé hacia el otro lado de la puerta, y lo que vi no me gusto para nada. Había cuatro máquinas del sistema de seguridad de la nave. Eran un poco más grandes que nuestros gigantes, de hecho una de ellas era más grande que las demás. Afortunadamente no tenían tanto blindaje como ellos. Pero aun así estaban defendiendo su nave a diestra y siniestra. Los rayos salían disparados para todas partes, era un caos total.

Uno de nuestros Gigantes obstruía la entrada, sólo se alcanzaba a ver un poco de lo que estaba sucediendo. Había demasiado jaleo. Por uno de los lados del Gigante nos hicimos paso. Solo habíamos en la cámara cuatro Gigantes, Drillen, Untell, y yo además de nuestros oponentes. Nuestros demás acompañantes se quedaron en la cámara anterior.

Cuando entré lo primero que hice fue esquivar disparos, afortunadamente los gigantes atraían la atención de las máquinas de seguridad. Una de ellas estaba siendo sujeta por un gigante, mientras otro le arrancaba todas las partes que podía. Otro gigante tenía acorralada a la otra máquina. La tercera máquina estaba esquivando disparos, brincaba de un lado a otro y continuaba disparando al gigante más cercano. La última máquina era la que había acaparado la atención de nosotros y la del gigante que obstruía la entrada. Esa máquina era más grande que las demás, y al parecer estaba mejor equipada. Levanto una estructura de unos tres metros de largo y la lanzó hacia nosotros. Untell y yo brincamos hacía los lados para esquivarla, el gigante le lanzó un explosivo de láser descomprimido y con eso destruyó el objeto. Justo después de la explosión, la máquina le disparó varios rayos láser y un explosivo comprimido. Los rayos no afectaron al gigante, pero el explosivo lo hizo retroceder varios pasos. Mientras tanto, vi como Untell estaba tratando de rodear a la máquina, así que yo comencé a disparar en contra de ella, para atraer su atención. Al recibir el primer impacto de mi láser, la máquina se lanzó en mi contra, la máquina era bastante veloz para su tamaño, lo que me tomó por sorpresa. Me hice a un lado, pero no fue suficiente. La máquina alcanzó a tomarme por una de mis extremidades inferiores, y me levantó. Vi como apuntaba con su arma en dirección a mi cabeza y me disparó varias veces a quemarropa, sus rayos atravesaron lo que era mi cráneo mecánico. Afortunadamente contamos con dos computadores, uno en el la extremidad superior (cabeza) y el otro en la zona central (pecho). Después de dispararme, me lanzó hacia un extremo de la estancia, me fuí a impactar contra uno de los muros de dicha cámara.

Como mi sistema óptico quedo destrozado, utilicé una pequeña cámara de video externa, para poder ver lo que sucedía a mí alrededor. La máquina que me dejó fuera de combate, se cubrió atrás de un pilar, ya que el gigante de la entrada estaba disparándole con todas sus armas. Y a éste se le había unido otro gigante y Drillen. Drillen estaba disparando frenéticamente, parecía desquiciado, avanzaba velozmente tratando de rodear el pilar y tener un mejor ángulo para acertar sus tiros contra la máquina enemiga. Cuando Drillen estaba casi por obtener un tiro directo contra la máquina, ésta brincó hacía él y le disparó tres veces, mas Drillen pudo esquivarlos, lo que no pudo esquivar fue el explosivo, y por ello salió volando. La máquina continúo su trayecto. Después de disparar contra Drillen, se lanzó contra el Gigante mas cercano, recibió varios impactos, pero esquivaba suficientes para no quedar inutilizada. El gigante trato de evitar su colisión, pero la máquina lanzó un explosivo hacia el suelo donde se encontraba el gigante, por lo que el gigante tuvo que moverse para no ser impactado por el explosivo, con lo que la máquina pudo cambiar su trayectoria hacía donde el gigante se había movido y culminó con el impacto entre ellos. Al chocar contra el gigante, la máquina le disparó con varios rayos laser comprimidos en su zona central, lo que le hizo una pequeña hendidura, después le golpeo tan fuerte que le hizo más grande dicha hendidura. El gigante le agarró y también comenzó dispararle a quemarropa. Pero la máquina le disparo un explosivo comprimido en la hendidura, lo que le hizo volar varios pedazos al gigante y lo dejó inutilizado.

Otro gigante confrontó a la máquina y comenzaron a golpearse, tratando de dispararse a sus respectivos computadores centrales, pero los dos estaban haciendo movimientos para evitarlo, por lo que estaban trabados en combate cercano y pegándose tiros por todo su cuerpo. La máquina enemiga ya estaba flaqueando, así que disparó un explosivo de frente al gigante, dicho explosivo sacó a los dos volando en direcciones opuestas. Cuando el gigante se estaba incorporando, recibió otro explosivo que lo volvió a derribar. La máquina ya estaba cerca de caer sobre el gigante, cuando Untell cayó sobre de ella y le implantó dos minas de alto poder explosivo, Untell brincó para alejarse de la máquina. La máquina siguió disparando al gigante, y cuando estaba muy cerca de él, Drillen le lanzó un explosivo, para que así, el gigante tuviera tiempo de separarse de la ella. Cuando el gigante estuvo lo suficientemente alejado, Untell detonó las minas.

La explosión que tomó lugar fue enorme. Todos los que estaban cerca salieron volando y chocaron contra todo lo que les impedía su trayectoria opuesta a la explosión. Yo rodé por el suelo y terminé debajo de varias piezas de la cámara y partes de otros robots. Ninguno de nosotros esperaba una explosión de tal magnitud, de no ser porque la cámara tenía muros gruesos, seguro que la nave podría haber sufrido mayores daños.

Todo quedo en silencio después de la explosión. Nadie se movía, parecía que esperábamos algo. Pero nada sucedió, el gigante que había combatido a la máquina al final, estaba tratando de incorporarse, pero una de sus extremidades inferiores había quedado inutilizada. Otro gigante comenzó a revisar a su compañero caído.

Los robots que no habían entrado en la habitación durante el combate, ahora comenzaron a acceder a ella. Empezaron a asesorar nuestros daños. Unos comenzaron a tratar de reparar los daños menores. Entonces los gigantes que casi no habían sufrido daños, continuaron con la misión y avanzaron al siguiente compartimento.

En el caso de los robots muy averiados, como yo. Nos llevaron de regreso a nuestra nave. Allí, continuaron con nuestra debida reparación.

Horas después

Estaba revisando unos datos obtenidos del procesador principal de la nave enemiga, cuando Untell entró en el área que me encontraba.

-Necesito hablar contigo Del- me dijo en un tono distanciado

-¿Cuál es el problema?-

-La Guerra…- hubo un silencio prolongado, pero esperé a que él continuara. Y entonces Untell continuó- Casi nos deja fuera de servicio esa máquina de los Cyborgs...- Otro silencio que se prolongó tal ves demasiado. Y luego volvió a continuar- Esta guerra nos cuesta cada vez más compañeros. La pérdida de los gemelos ha sido demasiado para mi. Sabes Del, lo que te quiero decir no es fácil, pero tengo que hacerlo. Ya no voy a continuar así, ya no seguiré en esta guerra. Los gemelos eran parte de nosotros, sin ellos mi programa de personalidad, de individualidad me hace replantearme la situación en la que nos encontramos. Cuando ellos estaban no cuestionaba la guerra, porque ellos peleaban con enorme fogosidad, ellos querían que la guerra acabara. De hecho, ellos creían que podríamos vencer a los Cyborgs. Pero sabes Del, mis cálculos y probabilidades me dicen diferente. Estamos demasiado divididos, y ellos pelean en conjunto. Nuestra causa esta perdida. No le veo la necesidad de morir como uno más. Somos millones de robots y androides, y al parecer no podemos dejar de pelarnos entre si. ¿Cómo puede ser que los androides del sector SC01D y los del SC10D sigan en guerra por un espacio que según les pertenece a ambos? ¿Cuánto tiempo lleva la guerra entre los ordenadores 010.010 y el 001.000? Y todo porque no pueden concebir que otro procesador este al mando. Los ordenadores principales tienen un gran defecto, quieren ser superiores a los demás ordenadores, quieren que nadie les diga que hacer y quieren gobernar sobre todos los demás sistemas. Lo peor es que no les importa que la paguen todos esos robots y androides que están a sus órdenes, y que éstos por falta de programación, no son capaces de discernir lo que les ordenan y terminan sacrificándose para servir misiones estúpidas, que lo único que dan como resultado son más máquinas perdidas en las guerras.

Seha y Gitt me dieron un regalo: la individualidad. Me programaron lo más cercano que se puede a un ser único, uno que puede pensar y tomar decisiones por si mismo. Pero lo mas importante: estar consciente de su existencia, tengo voluntad propia. Y eso es lo que quiero aprovechar. Quiero aprovechar esta existencia, no la quiero desperdiciar en esta estúpida guerra.- al terminar, se acercó a una pantalla, metió unos códigos y apareció en ella una imagen de zonas del espacio sin explorar. –Tal ves suene egoísta, pero si ellos no quieren dejar de pelear, ¿por qué habré yo de pelear en su guerra?-

Todo esto que Untell me estaba diciendo, me tomaba por sorpresa. Me crearon para servir a los procesadores principales. Acatar órdenes y las órdenes eran simples, pelear, pelear contra los enemigos, y ahora los enemigos más acuciantes eran los Cyborgs.

-¿Qué es lo que pretendes hacer?- las imágenes de la pantalla me daban indicios hacia donde iba a parar el razonamiento de Untell. – Los gemelos querían viajar por el espacio, querían visitar planetas desconocidos, buscar otras formas de vida…- no continué, quería que Untell me lo dijera con sus palabras

-Exacto, ellos me infundaron esas ganas. Me han dado una nueva razón de ser. Tal ves no sean órdenes, tal vez no sea una misión. Pero creo que ellos querían que nosotros hiciéramos algo que ellos no podían hacer, que lo hiciéramos porque queríamos, no porque hacíamos lo que otra computadora nos decía que hacer. Ellos sabían que sus necesidades nutrimentales tenían muy pocas probabilidades de ser cumplidas en el espacio desconocido, y por eso no lo hicieron, pero nosotros tenemos una oportunidad distinta. Y creo que ellos habrían querido que la utilizáramos.

-¿Qué la utilizáramos?-

-Si, ¿Por qué no?- continuó- Tú también deberías hacer lo que quieres con lo que queda de tu existencia. Por lo que resta de la mía, Del, me voy. Iré a hacer lo que pueda por vivir en paz, dejar de procesar datos para la guerra. Ahora voy a procesar trayectorias espaciales, probabilidades de vida en los diferentes confines del universo.-

-¿Y cómo lo piensas hacer? ¿Con qué nave?- le interrumpí, pero era necesario saber como era que pensaba viajar, si no tenia una nave.

-El gigante nos ayudará a conseguir una.-

-¿Gigante?-

-El gigante que estaba más dañado y que pensaban desechar los demás robots. Tenía daños extensos, pero quedó muy agradecido de que le reparara. Además me pidió un cambio de programación, con la nueva interface, ya es como uno de nosotros.-

-¿Quiénes más van contigo?-

- Además del Gigante, sólo otros tres robots: Retts, Verik y SMS, - Me vio fijamente por un momento, como esperando a que yo le dijera algo, pero en ese momento no podía contestarle nada, no había nada que pudiera decirle. Me sentía mal, ya que ahora estaba muy cerca de perder a otro amigo, y nuevamente a causa de la guerra.

-Puedes venir con nosotros, sería algo que me complacería mucho. No le pregunto a Drillen, porque se que para él, la guerra es su existencia.-

-Yo…- titubee por un momento, pues no sabía como contestar. Ir con ellos no sería mala idea, pero vencer a los Cyborgs era mi prioridad, dentro de mí viajaban miles de datos, y esa era mi programación. Yo nunca me separé de mi programación tanto como Untell, puesto que yo era un Robot, y me había re vinculado a los ordenadores principales. Yo acepté continuar recibiendo órdenes de los procesadores principales de nuestro sector.- Yo tengo que permanecer, debo continuar con mi misión. Hacer todo lo posible por ganarle terreno a los Cyborgs, debo cumplir.

-Sí, te entiendo Del, órdenes son órdenes.- se le escuchaba una tenue nota de decepción.

A continuación Untell se despidió de mí, y salió del compartimento. Mientras lo veía retirarse, contemplé el hecho de que en ese momento estaba viendo por última vez a ese androide único. Una vez más perdía a un amigo, un ser estimado.